Esto NO es fútbol de primera


Dos fotógrafos fueron detrás de las personas que, lejos de los grandes estadios y del negocio multimillonario, todavía disfrutan de jugar a la pelota como lo que es una pasión nacional.

¿Puede retratarse un país a través del fútbol? Federico Peretti y Alejandro Kirchuk se hicieron esa pregunta hace algunos años antes de salir a recorrer y conocer cada rincón de la Argentina con una cámara en sus manos y una necesidad en sus mentes: la de comprobar hasta dónde llega la pasión por la pelota en nuestras tierras. Los resultados, hoy están a la vista: un documental, el de Peretti que muestra el lado B de lo que vemos ­y nos hacen ver­ todos los fines de semana en las canchas de primera, y un ensayo fotográfico, el de Kirchuk, que refleja como éste deporte atraviesa clases sociales culturales y hasta religiosas.

Sentados en la platea de Excursionistas, un club de la Primera C, la cuarta categoría metropolitana, los dos coinciden en que el fútbol ­el genuino, el que sale de las calles de los pueblos o de los barrios­ es un igualador en todo el país. “Las personas viven realidades muy distintas en buenos aires o en otras provincias, pero en el momento de salir a la cancha en todos lados se vive la misma emoción, pasión o sentimiento” indica Kirchuk, autor de la exploración fotográfica ADN fútbol, becada por el Fondo Nacional de las Artes.

La idea no es nueva. Eduardo Sacheri en su cuento Me van a tener que disculpar,  ­en el que homenajea el gol de Diego a los ingleses­, entiende a la cancha como el lugar donde los condenados se toman revancha. Lo escribió así “No nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres.” Peretti, director de El otro fútbol, pudo comprobar personalmente la prédica de Sacheri cuando conoció los estadios y los clubes de los cuatro extremos de la Argentina, el Norte, la Patagonia, Cuyo y el Litoral.

Peretti dice que se dio cuenta que una cancha también puede ser un espacio de redención. “Cuando fui a presentar la película al penal de Campana, uno de los jugadores de Pioneros, el equipo que integran los presos, me dijo que para él jugar al fútbol era tener noventa minutos de libertad” expresa todavía sorprendido por esa frase que lo sacudió, y agrega: “en esa hora y media es verdad, existe una verdadera igualdad entre todos”

El balón sociológico.

Cuando era adolescente, Kirchuk pensaba sus fotos adentro de una cancha. Durante muchos, años el fotógrafo ganador del World Press Photo 2012 ­obtuvo el primer premio por una serie de fotografías sobre sus abuelos, la vejez y la enfermedad del alzheimer­. Fue mediocampista central en las inferiores de All Boys. Recuperaba y distribuía la pelota hasta que un día se cansó de entrenar y de jugar y decidió abandonar.

En realidad, al fútbol nunca lo abandonó del todo. De alguna u otra manera ­jugándolo con amigos, como hincha de Boca o ahora como fotógrafo,­ siempre volvió. “Creo que este trabajo tiene que ver con una decisión de vincular mi profesión con cuestiones más personales, como sucedió con el de mis abuelos” reconoce sorprendido por la adhesión que genera este deporte en ámbitos geográficos y sociales tan disimiles, Kirchuk elaboró un proyecto para fotografiar los aspectos menos conocidos de esta pasión.

De la Puna hasta los barrios más caros de Buenos Aires o Rosario, desde Tierra del Fuego hasta Misiones, Kirchuk recorre el país haciendo foco no en el balón, sino en quienes lo patean: El deporte como fenómeno social, como generador de identidad. De ahí el nombre ADN fútbol, ”es como algo que está en los genes de cada una de las personas de este país”, remarca.

En éste tiempo que lleva caminando nuestro territorio, Kirchuk advirtió una diferencia notoria entre el norte y la patagonia: en el norte, vayas por cualquier ruta o camino, siempre te encontrás chicos jugando a la pelota. “Es muy fácil toparse con el fútbol   ­cuenta el fotógrafo-­ en el sur, en cambio, es más difícil, pero los que lo practican quizás son tipos que tienen un nivel de locura superior porque están jugando con cinco grados bajo cero. Estas personas son realmente a las que quiero llegar al tipo que simplemente quiere jugar y eso es lo único que le importa en ese momento.

Kirchuk destaca la emoción que genera y le generó ver jugar a los murciélagos, el seudónimo que tiene la selección argentina de fútbol para ciegos. En ese ejemplo, otra vez el carácter igualador de la pelota, se hace presente: “Por más de que los tipos no ven es como si vieran y viven el partido de la misma manera que cualquiera” remarca sorprendido.

A Peretti la realización de El otro fútbol le llevó tres años, 305 horas de grabación y 140 partidos de trabajo. “Me encontré con un mundo que no conocía. Yo creía que el espíritu amateur no existía más, que era algo ilusorio que había quedado de décadas pasadas, pero me di cuenta de que pervive en muchos lugares del país” enfatiza.

En la película hay espacio, justamente, para esa reivindicación: la que llevan a cabo los integrantes de un fútbol muchas veces oculto, eclipsado por el juego convertido en espectáculo y negocio que la televisión nos ofrece todos los fines de semana.

Filmando, peretti encontró lo que él mismo creía perdido: futbolistas que van a jugar en micros escolares alquilados, árbitros que en la semana son taxistas, jugadores con diversos oficios -­el capitán de Kimberley de Mar del Plata, Carlos Gabutti, es colectivero de una línea en el turno noche­- dirigentes que destinan su aguinaldo para comprar un juego de camisetas, relatores que se emocionan hasta las lágrimas un fútbol romántico por el triunfo de sus equipos o la épica de ser el único en la tribuna en un día de lluvia y frío. Sucesos reales que tranquilamente podrían haber salido de algún cuento del Negro Fontanarrosa. “En todos los clubes, por más que sean muy chiquitos, tenés barrabravas, pero como no hay nada para llevarse, los barras llevan una lata de pintura para pintar los escalones de la tribuna” cuenta y se ríe Peretti.

Para el director, la mayoría de los clubes que aparecen en la película cumplen una función netamente social.
“En pueblitos de 1.500 habitantes hay un solo equipo, y además de un ciber y un bar, sólo está la cancha de fútbol. Y el fin de semana lo único que hay para hacer es ir a ver el partido. Entonces ahí es donde se juntan los familiares y los amigos”, describe.

Después de meses y años viajando por el país ¿pudieron entender la argentina a través del fútbol

FP: Me parece que sí. Con el chico con el que hice la película decíamos, cada vez que llegábamos a un lugar, que se juega como se vive. En Corrientes y en Chaco por ejemplo, se juega con mucha sangre y eso hace que a veces se reparta alguna patada de más. Y por ejemplo vas a La Quiaca y ves una cancha que es un desastre, pica para cualquier lado, pero nadie se queja: todos van tranquilos porque su carácter es así. En Ushuaia la mayoría de las personas que juega al fútbol no es de allí, son gente de otras provincias que encuentran en el fútbol una unidad y un modo de adaptarse a la ciudad. Y en Chilecito hay una pasión tremenda. Estuve en un partido en el que había cincuenta personas en una tribuna y 45 bengalas.

AK: No tanto en ámbitos profesionalizados, pero en el fútbol amateur y en torneos de amigos yo pude ver como muchas veces la gente se transforma. Es algo que ha usado la publicidad varias veces y es estrictamente cierto. El abogado o el maestro de la escuela que durante la semana actúa de una manera, pero cuando juega a la pelota se saca. Muchas veces, la sociedad es violenta y el fútbol también.

 

Por Agustín Colombo

Publicada en Revista Cítrica, septiembre de 2012.

Fotos: Claudio Herdener, Federico Peretti y Alejandro Kirchuk

la quebrada un partido de la liga tilcareña donde se enfrentan equipos de esa ciudad y pueblos aledaños en el sur los que juegan al fútbol tienen un nivel de locura superior porque están jugando a cinco grados bajo cero

 

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