El Peregrino de nuestros senderos

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¿Qué tienen en común Mercedes Sosa, Divididos, Marie Laforêt, Jorge Cafrune, Los Chalchaleros, Horacio Guarany, Víctor Jara, Alfredo Zitarrosa, Andrés Calamaro, José Larralde, Mikel Laboa, Jairo y Ángel Parra entre tantísimos otros? Que todos cantaron e interpretaron canciones de Héctor Roberto Chavero Aramburo. O como mejor lo conocemos por su pseudónimo, don Atahualpa Yupanqui.

Nacido un 31 de enero de 1908 en el paraje Campo de la Cruz en la provincia de Buenos Aires, fue registrado en la cercana ciudad de Pergamino. Era hijo de una vasca, pero su sangre quechua la heredó de su padre santiagueño. Justamente por el trabajo de su padre en el ferrocarril, la familia Chavero se muda al poco tiempo a otro pueblo bonaerense, Agustín Roca, y allí comienza su romance con la guitarra. Según el propio Yupanqui, su contacto con la música se dio al conocer a los paisanos de la inmensa Pampa húmeda, quienes mataban el tiempo entonando pausadas milongas. Fueron ellos quienes introducirían al joven bonaerense en el mundo de la música y le imprimirían un carácter que nunca abandonaría durante el resto de su vida.

A los nueve años su familia se radica en Tucumán e inicia sus estudios musicales elementales con el padre Rosáenz. Tucumán fue una tierra que lo marcaría para siempre y a la que volvería incontables veces. Sin embargo, la muerte de su padre en 1923 lo obliga a emprender nuevos caminos. Con 18 años decide volver a Buenos Aires, y se radica en la ciudad de Junín. Para ganarse el pan, cumplió diversos oficios como hachero, arriero, cargador de carbón, entregador de telegramas, oficial de escribanía, corrector de pruebas y hasta periodista.

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Pero la pasión de Chavero era otra. Aunque fundamentales, la Pampa, sus paisanos y Rosáenz no bastarían para ser sus únicos maestros de música. Decidido a crecer en esta materia, logra pagarle a un profesor de primer nivel llamado Bautista Almirón. La importancia de este maestro en la vida de Yupanqui fue fundamental. Con él descubrió que podría vivir como músico, pero fundamentalmente abrió los ojos ante un plano musical mucho más amplio: había música más allá de las milongas en mi menor del Buenos Aires.  Comenzó entonces el estudio de obras de la talla de músicos como Tárrega, Pujol, Liszt, Beethoven o Bach.

Entonces la fórmula mágica quedó completa. El joven Atahualpa mezclaría sus conocimientos de música académica, con su ser rural, pampeano, autóctono, heredero de la vieja tradición gauchesca y aborigen de la Argentina. Allí tal vez radica la grandeza de este artista. El tomó los conocimientos académicos necesarios, la técnica, las rutinas de estudio; pero siempre supo que la diferencia estaba en él y en su tierra. Atahualpa sin sus estudios, hubiese sido Yupanqui; mas sin su tierra, sin sus paisanos, sin sus historias y sus vivencias, hubiese sido simplemente Héctor Chavero.

Atahualpa comenzó entonces una etapa de interminable gira por el país y todos sus rincones. Emprendió viajes a Jujuy recorriendo a lomo de mula sus senderos; viajo al altiplano boliviano en busca de testimonios de primera mano de las culturas aborígenes;  o recorrió los Valles Calchaquíes. Entre Ríos, Montevideo y el sur de Brasil (este era su primer exilio, porque había participado de la fracasada sublevación de los hermanos Kennedy), Rosario,Raco en Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, o Cochangasta en La Rioja fueron apenas algunos de los destinos durante esta etapa de constante peregrinaje y aprendizaje. El historiador Félix Luna decía que seguir el itinerario de sus viajes durante estos años es una tarea casi imposible, porque “Son años y años de andar de aquí para allá, pasando a veces por un pueblo u otro, deteniéndose otras veces por años en cualquier lugar” .

Durante esta época también pasó por la ciudad de Buenos Aires, actuando en radio y grabando sus primeros temas. Su fama crecía y diversos intérpretes comenzaban a popularizar sus canciones en todo el país.  En los años 40’ conoce a Paule Pepin Fitzpatrick, “Nenette”, quien sería su definitiva compañera y colaboradora musical con el seudónimo “Pablo Del Cerro”. Es en esta década que Yupanqui edita sus primeros libros: “Piedra Sola”, “Aires Indios”, y la novela “Cerro Bayo”. Su faceta como poeta y escritor es de fundamental importancia, casi tanto como la de guitarrista. Por ejemplo, su pseudónimo hace referencia a su pasión por narrar historias (Atahualpa Yupanqui significa “Viene de lejanas tierras para contar algo”).

Así como es imposible pensar en Yupanqui guitarrista sin recordar su faceta narrativa, o su pasión por desentrañar lo autóctono recorriendo el país de punta a punta; es imposible olvidar su compromiso social. En 1945 se afilia al Partido Comunista y comienza a ser silenciado por el régimen peronista. Sus temas eran prohibidos en la radio y también prohibidos para ser tocados por otros intérpretes. A pesar de bajar su nivel de exposición, es detenido en ocho oportunidades y torturado. Contaba Atahualpa que en una de sus detenciones, le destrozaron el dedo índice de su mano derecha. Afortunadamente Chavero era zurdo para tocar el instrumento y pudo seguir haciéndolo, aunque hubo algunas posiciones que desde entonces siempre le siguieron costando.

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Durante esta época comienza su afincamiento en Cerro Colorado, Córdoba, aunque más de una vez debió marcharse del país. En uno de sus exilios en Europa, conoció a Edith Piaf, quien impresionada con la calidad artística del guitarrista, lo invitó a tocar antes de sus conciertos en París. El dolor del exilio le permitió a Atahualpa conocer países lejanos y como sucedía en Argentina, un genuino y rápido reconocimiento del público.

Las persecuciones políticas fueron una sombra que perseguiría a Atahualpa durante toda la vida. Después de criticar al Partido Comunista del cual era parte, fue desafiliado en 1952. El peronismo deja de perseguirlo pero en 1955, los militares antiperonistas lo vuelven a perseguir. Su estadía en Argentina es intermitente, hasta que termina radicado en París a partir de finales de los sesenta. Viajaba constantemente a su país, siempre y cuando los gobiernos de turno no ejercieran mucha presión, lo cual era difícil.

Pasada la dictadura Atahualpa vuelve a la Argentina en 1987, pero ya su salud era frágil. En 1990 pierde a su amada “Nenette”, y el moriría el 23 de mayo de 1992, durante una última gira por aquella Francia que lo supo admirar tanto como cualquier paisano de estas tierras. Sus cenizas fueron repatriadas y esparcidas en los jardines de su casa museo en la localidad de Cerro Colorado, por expresa voluntad suya. Pero el legado de Atahualpa es inmortal. No se trata solo de sus más de 300 canciones oficialmente registradas (El arriero, Cachilo dormido, Camino del indio, Coplas del payador perseguido, Los ejes de mi carreta, Luna tucumana, Milonga del solitario, Piedra y camino, Viene clareando y Zamba del grillo entre tantísimas otras), o de su decena de libros. Atahualpa marcó un camino muchas veces olvidado: el de recordar que lo distinto, lo original, está dentro nuestro y que no hace falta ir a buscarlo lejos en las luces lejanas del extranjero; sino que está aquí nomás, en cada paisano o ciudadano, en cada árbol o en cada esquina.

Por Leonardo Lambardi.

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