El Zumbido, un punto de vista.

Toda opinión no es más que un punto de vista. Una versión. La verdad absoluta son los hechos, pero a estos sólo podemos conocerlos a través de testimonios, indicios y restos esparcidos por el largo territorio de la historia. La cuestión es que tengamos la suficiente lucidez, y, sobre todo, la suficiente honestidad, como para saber interpretarlos. Esta breve opinión sobre la novela “El zumbido”, de Sergio Ariel Caracciolo, no pretende ser otra cosa que eso: un punto de vista.

Todas las guerras son trágicas. Incluso las justas, incluso las necesarias. Algo desde  lo más profundo nos grita que no nacimos para matar a nuestros iguales, ni para morir a manos de ellos. Pero está claro, a la vez, que el mundo seria un lugar menos habitable y justo, si ciertas guerras no se hubieran librado, si pueblos, naciones o hasta individuos no se hubieran levantado en armas ante el sometimiento y la dependencia. Porque en esta necesidad de someter y esclavizar está el mismo germen de la existencia de toda guerra. Y en la superación histórica de este “mandato de dominación” estará, seguramente, el germen de su desaparición definitiva.

La guerra de Malvinas fue una guerra contradictoria desde su origen. Siendo indiscutiblemente  justa, es cuestionada por su conducción y por las causas que la precipitaron en determinado momento histórico. ¿Cómo nos situamos ante una guerra justa, cuando esta fue decidida y dirigida por los verdugos más sanguinarios de nuestra historia? ¿Cómo hacemos para convertirnos en  héroes, aborreciendo a quienes nos llevan a la lucha? ¿De qué manera se resuelve una guerra en la que los enemigos están enfrente, pero también nuestro lado?

Tenemos ante nosotros un libro que nos instala intencionalmente ante esta situación de “doble frente”. Digo intencionalmente, porque es evidente  que su autor, Sergio Caracciolo,  no podía, y sobre todo no quería, sustraerse a esta desgarradora contradicción.  Si lo hubiera hecho, la historia que nos cuenta hubiera quedado vaciada de lo que le da su valor más significativo, lo que la hace singular, y le otorga el tremendo peso que tiene como narración.  Y es esta contradicción la que desata la estructura de una trama apasionante, cuyo desenlace no será previsible hasta las últimas líneas de esta historia.

¿Cuál es, entonces, la condición, el atributo, la fuerza motriz, de la que se vale el autor para llevar de la mano a sus personajes a través de este intrincado laberinto de fuerzas irreconciliablemente enfrentadas?

Creo que la clave está insinuada en la  frase de Sartre que el autor cita al introducirnos al libro. Dice Sartre, en ese acápite: “La Concienciaes el ojo que orada la penumbra”. Es, justamente la conciencia la que nos hace actores, en lugar de espectadores, esa conciencia es el rasgo que diferencia a los héroes de El Zumbido de aquellos estereotipados héroes de estampa, con las frentes altivas mirando al horizonte y un gesto arrogante de determinación y valor, pero también, y sobre todo,  los diferencia de esa imagen que los pinta como un arreo de ganado,  integrado por individuos indiferenciados, que algunos se han empeñado en mostrarnos. Si, son esos chicos congelados en las trincheras. Y son también los que caminaron al final con las manos detrás de la cabeza, derrotados. Esas imágenes que han exhibido hasta el cansancio, como si estos hubieran sido  los únicos hechos significativos de esta guerra.

A  la mayoría de los historiadores y narradores de esta guerra, salvo meritorias excepciones,  les  importó sobre todo representar a los sujetos de esta guerra, como individuos mansos, abatidos, abrumadoramente inferiores, en todo sentido,  a nuestros vencedores. La intención no ha sido tanto mostrar a un pueblo, a una nación derrotada,

sino a un pueblo incapaz de triunfar, inepto por naturaleza, condenado por idiosincrasia al sometimiento.  Se ha intentado atribuir, de este modo,  casi sin excepción, a esa forma de ser, a esa “característica nacional”, la causa principal de la derrota.

Esta vergonzosa y vergonzante mentira es la que esta novela deja expuesta. No ahondo en los porqués de esta afirmación mía, porque las respuestas se van develando a lo largo de la lectura, con asombrosa minuciosidad, y avanzar mas allá en mi comentario, sería casi una indiscreción. Solamente adelanto que Caracciolo fue capaz de rescatar lo esencial de los protagonistas de este drama que nos tocó vivir. Y para hacerlo hizo lo que debiera hacer todo escritor que no quiera, como se dice vulgarmente “vender pescado podrido”: mirar a su alrededor, observar a la gente común, con sus virtudes y miserias,  con sus fortalezas y debilidades,  y reconocerlos  como sujetos de conciencia, personas que fueron talladas por su entorno y sus vidas, gente que, a pesar de las terribles condiciones       que les tocó vivir,  fue capaz de tomar decisiones, de actuar con voluntad propia, de labrar sus destinos, de acertar y equivocarse.

Por eso se trata de un libro en el que podemos reconocernos, un libro que nos hace preguntarnos, en cada instancia “¿Qué hubiera hecho yo, cómo hubiera actuado?”

Ninguna respuesta  a esta pregunta es fácil de responder. Las heridas están abiertas y lo estarán, probablemente, por generaciones.  Los sobrevivientes, los de ficción y los reales, siguen adelante con sus vidas, marcadas de forma irremediable. Pero la verdadera pregunta, la de fondo, la que este libro deja abierta y no tiene la arrogancia de responder, porque esa es tarea de cada uno de nosotros, es si sacamos la lección correcta de nuestra derrota. Si seremos capaces de cambiar la historia.

 

Por Alejandro Méndez Casariego
Poeta. Autor de “Elefante de cartón” y “Los réprobos”.

El Zumbido, de Sergio Caracciolo
Pintura de la tapa e ilustraciones: Haydeé Serafini
Fotografía de tapa: Martín Miranda
ISBN 978-987-25465-9-5

Disponible en “Taladromanía” de la Sede Social, como parte del programa “Promoción del arte banfileño” de la Subcomisión de Cultura.

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